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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Alonso Cueto
Novela y corrupción <br> Cuando la literatura se ensucia las manos Novela y corrupción
Cuando la literatura se ensucia las manos


Por Mariano de Andrade
Fuente: Que hacer Nº 148, 15 de julio del 2004

La corrupción, dentro y fuera de las dictaduras, es una suerte de metástasis, pero a diferencia de la que ataca a los seres humanos, esta no acaba. No hace falta decir que en este momento hasta las manos que suponíamos más limpias podrían desmerecer el beneficio de la duda. La corrupción está allí para decirnos que el poder tiene un precio y que su influjo es tan grande que puede transtornar a colectividades completas. En los relatos que ofrece el corpus textual conocido como la novela de los dictadores latinoamericanos, la corrupción está muy presente, al grado que sin ella, esta narrativa perdería efectividad en la representación histórica y por tanto en su verosimilitud, en su capacidad de invitarnos a reflexionar sobre este asunto. Las siguientes líneas quieren señalar que es precisamente la corrupción lo que brinda a estas novelas, que a veces transcurren en páramos muy lejanos, un terrible sentido de la actualidad. Y a la vez, ofrecer una comparación entre Conversación en la Catedral y la Fiesta del chivo, de Vargas Llosa y Grandes miradas, de Alonso Cueto. Tres novelas corrosivas, tres novelas que hablan del poder y que a través de algunos de sus personajes centrales nos ofrecen una visión de los estragos causados por esta lacra.
 
I
En la política latinoamericana el llamado ciclo de la novela de los dictadores tiene una perversa actualidad. Y podemos afirmar esto no porque las dictaduras subsistan en el continente -a excepción, claro está, del régimen chavista en Venezuela-, sino más bien por un subtema que sobrevive aún en nuestras precarias democracias: la corrupción. En las novelas que conforman este conjunto temático, la figura central es, naturalmente, el dictador. Ello incluye su descripción física, un perfil psicológico más o menos delineado, la captura de más de un gesto, en fin, el retrato de un cuerpo y un discurso sustentados en un poder que se ejerce de modo absoluto. Pero esta novela no evade el entorno dictatorial y es allí donde la corrupción se sitúa y aparece en todo su esplendor, a cargo muchas veces de personajes de segunda línea -jerárquicamente y literariamente hablando-, en quienes se deposita el encargo de llevar a cabo toda una larga serie de actos delictivos y reñidos con la ética en que consiste el ejercicio de una dictadura. Sobornos, chantajes, ejecuciones extrajudiciales, enriquecimiento ilícito, secuestro, extorsión, entre otros, no son solamente figuras penales, sino además un componente importante de la trama, que entra así en una suerte de competencia -algo extemporánea, por cierto- con los relatos propalados por los medios y la narrativa del periodismo de investigación. Y es que, en más de un caso, las novelas que se han ocupado de este tema comparten un rasgo en común: la distancia temporal con lo narrado y, en otros, una representación que tiende a la alegoría, como sucede con Cambio de guardia, de Julio Ramón Ribeyro; El recurso del método, del cubano Alejo Carpentier y El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, cuyos dictadores no parecen tener una procedencia identificable y se tiende así a una representación de carácter más general, una suma diríamos, cosa que no pudo lograr Valle Inclán con su Tirano Banderas, por su pretensión de crear un lenguaje "panamericano", lo que terminó dando a la narración un carácter babélico, inútilmente experimental y alejado de una perspectiva histórica más clara.
 
II
Hemos indicado que normalmente los relatos de este tipo no suelen aproximarse al tiempo de la representación y que más bien tienden al retrato de una época más o menos distante. Una muestra de ello podría ser Al filo del agua, del mexicano Agustín Yánez, escrita en la década de los cuarenta del siglo pasado, pero que se ocupa de retratar las postrimerías del régimen de Porfirio Díaz, el llamado porfiriato, que se prolongó desde 1876 hasta los primeros años del siglo XX. Pocas veces, pues, una de estas novelas surge como respuesta inmediata o casi inmediata a la realidad que describen. En el Perú, Grandes miradas, de Alonso Cueto, aparece como un retrato literario más o menos temprano, aunque en clave, del régimen de Alberto Fujimori. Aunque su novela se centra en un episodio, el asesinato de un juez probo que no cedió al soborno de Montesinos y la posterior venganza de su muerte, el relato termina por proyectar una imagen de podredumbre y ausencia de ética que podría servir para describir una buena parte de la década de los noventa, tiempo en el que actuaron el prófugo y su oscuro asesor. Un aspecto interesante y que se relaciona muy de cerca con la atmósfera de corrupción que se respira en estas páginas, tiene que ver con la descripción del personaje, en este caso, Montesinos: "El cráneo húmedo, las mejillas altas, los ojos secos de ofidio, la nariz afilada, la piel de escamas y puntos, el grosor de la sonrisa" (p. 15) o "Su voz es frontal hasta la violencia y cortés hasta la efusividad, dependiendo de la cara que tenga al frente. Toda conversación es un campo de batalla o un ensayo de seducción o casi siempre ambos. Usa las palabras para engullir y triturar a quien lo escucha. El secreto de su poder es hacer sentir a salvo a quien le obedece" (p. 31), son dos buenos ejemplos de la estrategia del narrador que, lejos de sucumbir a la descripción convencional, en bloque, concentrada en un determinado número de páginas, prefiere entregar una especie de rompecabezas, cuyas piezas -pequeños rasgos, pinceladas sobre gestos y posturas- distribuidas a lo largo del relato, ofrecen el cuadro total.

Esta estrategia de representación fragmentaria es más evidente aún en Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa, en la que incluso la figura del tirano -fantasmal, pero poderosa- es desplazada por la de Cayo Bermúdez, quien tiene el papel de ejecutor en esta recreación ficticia del régimen del general Odría. Y cosa parecida sucede cuando Vargas Llosa, en La fiesta del chivo, al abordar la tiranía de Trujillo en la República Dominicana, tiene en Jhonny Abbes y Balaguer dos personajes que funcionan de una manera similar, complementando la imagen de la dictadura, dando forma a su naturaleza antidemocrática. ¿Qué pueden tener en común la novela de Cueto y estas dos de Vargas Llosa? Varias cosas, comenzando por la más obvia: hablar de regímenes opresivos, mafiosos e inmorales. En segundo término, la fragmentación como eje de lo representado, recurso que Conversación en la Catedral radicaliza, proponiendo un montaje narrativo de complejo diseño y acabado casi perfecto. El contraste entre ambas novelas está fundamentalmente en el plano de los personajes heroicos que cada una propone. En Conversación..., tenemos la figura de Santiago Zavalita, autor de una pregunta que hasta hoy nos asola: ¿En qué momento se jodió el Perú? Zavalita, después de conocer todo el tramado de relaciones entre su padre y la dictadura y luego de un periodo de militancia comunista, sufre una profunda decepción que enfrentará con armas propias de un nihilista, abandonándose a la inacción. Sin embargo, Zavalita tiene un rostro digno y así lo demuestra cuando después de una discusión con su hermano, a la muerte del padre, rechaza su parte de la herencia familiar, pues conocía bastante bien cuál era el origen de esa fortuna.

En Grandes miradas, de otro lado, tenemos a Guido, el probo juez asesinado por no ceder a las artimañas de la dictadura, que se había propuesto -lográndolo en la realidad histórica- manejar a su antojo todos los poderes del Estado. Guido es un ejemplo clásico de héroe: sin fisuras, sin matices, sin doble discurso, dueño de unas convicciones morales férreas que terminan convirtiéndose en un auténtico estorbo para el poder. Uno de los núcleos centrales de la novela está justamente en la tortura y vil asesinato de este magistrado, lo que da pie a la aparición de otro personaje, esta vez femenino: Gabriela, pareja de Guido. En Gabriela descansan otros atributos, más activos y explosivos que los de Guido, pues es ella quien ejecuta un plan de venganza por su muerte. Con una paciencia y una voluntad más que férreas, Gabriela logra no solamente acercarse al entorno más íntimo del doctor Montesinos, sino además dar con el asesino de su novio y cobrarle el crimen cometido. Hay pues una significativa diferencia entre el asco existencial de Zavalita y la enérgica y metódica venganza de esta heroína.
 
III
Más allá de la distancia o cercanía temporal con lo narrado en estas tres novelas, cierta tendencia a lo grotesco en la caracterización física y gestual de los personajes que sirven como encarnaciones de lo corrupto y lo putrefacto, hay dos aspectos que cabría resaltar: la presencia femenina, por un lado, y por otro la presencia de las figuras paternas. En cuanto al primer aspecto mencionado, es preciso anotar que en general la saga sobre la corrupción latinoamericana no es muy pródiga que digamos en protagonistas femeninas, algo que tanto La fiesta del chivo como Grandes miradas sí toman en cuenta, haciendo de dos mujeres, Urania Balaguer y Gabriela, respectivamente, dos ejes centrales en ambos relatos.

Como se recordará, Urania es la hija de Alejandro Balaguer, el incondicional servidor de Trujillo, cómplice leal y cumplido de un régimen que asoló a la pequeña República Dominicana por años. El papel de Urania es central: a través de ella conocemos no solamente las relaciones e intrigas de dicho régimen, sino también las debilidades de su padre, sus terribles faltas -que ella recuerda con íntima amargura- y que su familia no logra ver, pues la máscara de honorabilidad de Balaguer -o la cobardía de la parentela- resulta demasiado pesada y nadie, sino ella, se atreve a removerla. Ella, al igual que los conspiradores que traman el asesinato de Trujillo, son de algún modo personajes que representan alguna dignidad al interior de la novela. Pero además Urania nos ofrece una reminiscencia mítica, pues cada vez que pretende revelar a sus parientes la conducta de su padre, estos se resisten a creerle y así Urania, de algún modo, nos recuerda a Casandra, aquella que predijo la llegada del Caballo de Troya y a quien todos condenaron con su sordera. Enfrentada a su padre enfermo, Urania desmitifica su figura y del antiguo señor que ella conoció, no queda sino una piltrafa postrada por un derrame cerebral. En cuanto a Grandes miradas, ya hemos señalado que Gabriela ejerce la venganza y ella representa para el lector una instancia de satisfacción moral, aun cuando lo logra matando a un hombre para vengar la muerte de un juez honorable. En este punto Urania y Gabriela convergen, pues son la posibilidad de resarcirnos simbólicamente, de restituir un cierto orden de decencia, de devolver a la ley un sentido más profundo y conmovedor que el de la letra dictada por la norma. Si la relación de Urania con su padre sufre un vuelco terrible, es decir, pasa de una infancia marcada por el amor a una adultez signada por el asco y la decepción frente a esta especie de tótem familiar, en Gabriela se solidifican los vínculos con su suegro, el padre de su novio. Cuando Gabriela le confiesa parte de sus actividades -el atentado a Montesinos- y lo que la impulsó a cometerlo, se refuerza la solidaridad y el afecto entre ambos, una complicidad que tiene que ver con una cerrada defensa de la honestidad. En lo tocante a Conversación…, los lazos conflictivos entre Zavalita y su padre, don Fermín, tienen un significado similar al de Urania y el suyo propio. El padre, aborrecido por Zavalita, provoca en él el deseo de olvidarlo, pero ese terrible fantasma lo rondará por siempre, en una especie de condena espiritual muy difícil de sobrellevar. En eso, Urania y Zavalita cumplen papeles muy similares. No solo media en todos ellos una ligazón con el padre; también cumplen una función narrativa de enorme importancia, al descansar en sus pesquisas buena parte de la trama.

Los tres personajes se vinculan entre sí, como hemos visto, por la búsqueda de la dignidad, aunque Zavalita la crea perdida sin remedio. Simbolizan, además, el efecto de decadencia moral que ejercen las dictaduras, porque sus vidas no volverán a ser las mismas: algo ha cambiado a partir de ese quiebre, de esa profunda fractura que creemos ver pasar sin que nos afecte o nos toque de cerca. He ahí un error: la novela de los dictadores, más aun, el relato de la corrupción implícito en ellas, ha cambiado las cosas de un modo radical, pues Urania, Gabriela, Zavalita, en fin, cualquiera de nosotros, hemos perdido por obra y gracia de la historia, reciente o lejana, el derecho al entusiasmo puro. La corrupción, pues, no es un hecho político aislado ni característica de un determinado período de gobierno; ella está allí, al acecho, a la caza de perturbar nuestras conciencias, de enrolarnos en ese cada vez más numeroso ejército de descreídos que miramos a los políticos de hoy con natural reserva, desconfianza y en algunos casos, con repugnancia. Si los periódicos no han repiqueteado lo suficiente sus campanas de denuncia y fiscalización, aquí están estas novelas. Leamos. Y abramos bien los ojos. Cualquier semejanza con la realidad, jamás podrá ser una coincidencia.

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