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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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José María Arguedas
Sobre Los ríos profundos <br> El tiempo de los encuentros Sobre Los ríos profundos
El tiempo de los encuentros


Por Peter Elmore
Fuente: El Comercio, Lima 29/05/07 http://www.elcomercioperu.com.pe/EdicionImpresa/Html/2007-05-29/ImEcDominical0729898.html

Relato de viajes y de encierros, de revelaciones íntimas y descubrimientos épicos, Los ríos profundos (1958), de José María Arguedas, traza -por medio de la historia que narra y de la voz que la vierte- un poderoso drama ético y cultural. El personaje central de ese drama, figura al mismo tiempo ejemplar y única, tiene que encontrar su definición y su sitio en "un mundo de monstruos y de fuego, y de grandes ríos que cantan con la música más hermosa al chocar contra las piedras y las islas". Crónica de una educación sentimental en los Andes y retrato del artista adolescente en el Perú de las primeras décadas del siglo XX, la segunda novela de Arguedas es -en su intenso claroscuro-uno de los libros capitales de nuestra literatura.

A los catorce años, interno en un colegio católico de Abancay, el protagonista de Los ríos profundos debe cruzar el umbral riesgoso que separa la niñez de la juventud; décadas más tarde, ya adulto, da cuenta de esa temporada decisiva. Así, la novela se presenta como una ficción autobiográfica. Las vicisitudes infantiles de Ernesto, alter ego de Arguedas, habían ocupado las páginas de "Agua" y "Warma Kuyay", dos de los tres cuentos que en 1935 formaron la primera edición de Agua. Los ríos profundos encuentra a su personaje en el paso de una edad a otra: en esa encrucijada del crecimiento, el entrañable héroe de la novela se siente solo y se percibe vulnerable, pero no está dispuesto a rendirse. Tiene a su favor los dones de la palabra y la observación, así como el patrimonio de sus recuerdos: el oficio de la escritura -que, con los años, será el suyo- depende de esos filtros de la experiencia. Criatura en crisis, ser en estado de zozobra, Ernesto libra una ardua brega cuyo escenario principal, se diría, se encuentra en su cuerpo y en su mente. En carne propia, con visceral y poética insistencia, repercuten las tensiones de una sociedad premoderna donde, en quechua y castellano, pugnan indios, mestizos y señores. De hecho, la formación del individuo -o, mejor dicho, un lapso crucial de esta- orienta el argumento y determina el tema de Los ríos profundos.

El Cusco, donde se inicia el relato, es el centro simbólico del mundo al que pertenece el protagonista. Destino del peregrinaje, la antigua capital de los incas tendría que ser el sitio del bienestar y del reposo. Por el contrario, se convierte en una escala turbadora de la existencia, pues en ella impera una semifeudalidad andina que, dentro de la novela, es semejante al Mal -a la vez metafísico y tangible- de las novelas góticas. "Los señores avaros habrían envenenado quizás, con su aliento, la tierra de la ciudad", conjetura Ernesto al partir con su padre, fracasado el "extraño proyecto" que los había llevado hasta la residencia del Viejo, el pariente cruel y devoto, señor de cuatro haciendas, que usurpa el lugar utópico de la autoridad legítima. Esa atmósfera maldita, sin embargo, no anula la experiencia de lo sublime, que arrebata a Ernesto durante su ritual privado ante el muro del palacio de Inca Roca o cuando de noche escucha, transido, "el canto de la María Angola", la campana de la catedral. Para la sensibilidad a la vez alerta y febril del protagonista, en el Cusco -como, luego, en Abancay- se representa la tragedia de la comunicación en una sociedad bilingüe y dividida por ancestrales barreras étnicas y de clase. En esa tragedia, donde el saber mítico y la densidad histórica se conjugan, él es el actor que hace de testigo.

En "La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú", Arguedas confiesa que a principios de los años 30, mientras se esforzaba por darle forma a los relatos de Agua (1935), le "alumbraron el camino" dos libros: El tungsteno, de César Vallejo, y Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes. Los ríos profundos muestra -sin calco ni copia, por cierto- que, en las décadas siguientes, Arguedas no habría de olvidar el relato elegíaco de Güiraldes. En efecto, Los ríos profundos es también una novela de aprendizaje, como aquella en la cual Fabio Cáceres -que, al comenzar la historia, tiene la misma edad que Ernesto- evoca sus andanzas por la pampa argentina con su mentor, el gaucho Sombra. En ambos textos, la crisis adolescente se presenta como una búsqueda del sentido de la socialización; en los dos, el vínculo estrecho con el paisaje natural y con la cultura popular nutre y fortalece al personaje durante un estadio crucial de su vida. Hay, sin embargo, una diferencia de fondo. En la novela de Arguedas no hay un maestro que, armoniosamente, guíe al púber por la ruta de su formación. De hecho, las figuras masculinas de autoridad -el padre biológico o el Padre Linares, "santo predicador de Abancay y director del colegio"- son, en un sentido radical, ambiguas. En rigor, no son modelos de conducta, sino objetos de observación. Como señala Franco Moretti, el sub-género de la novela de aprendizaje se bifurca en dos grandes vertientes: en una, el héroe se integra al orden adulto; en la otra, esa integración es problemática o imposible. Don Segundo Sombra ilustra, sobriamente, la primera opción. Los ríos profundos, con agónica intensidad, ilumina la segunda.

La memoria, al modo de un horizonte retrospectivo, orienta al sujeto de la historia y del discurso. En la ceremonia de la escritura, el narrador adulto intenta recobrar el pasado, pero el mismo impulso lo define también a los catorce años. La nostalgia no alude necesariamente a un tiempo feliz, sino más bien a la herida melancólica de la pérdida. Eso vale tanto para el cronista maduro como para su encarnación adolescente. Uno de los pasajes más hermosos y conmovedores de la novela, que los entrega generosamente, comienza con estas palabras: "En esos días de confusión y desasosiego, recordaba el canto de despedida que me dedicaron las mujeres, en el último ayllu donde residí, como refugiado, mientras mi padre vagaba perseguido". Reveladoramente, la imagen que invoca Ernesto para afirmarse es la de la separación, la del momento en que ha de abandonar el que ha sido para él un sitio de plenitud y amparo. "La impagable ternura en que vivo", dice el narrador, se la debe a los miembros de la comunidad. La letra del haraui del adiós, transcrita íntegra y en versión bilingüe, expresa la esperanza del reencuentro, pero no hay indicios en la novela de que Ernesto haya vuelto a visitar a sus protectores: la comunidad indígena es un paraíso perdido.

Son más las tinieblas que las epifanías en la experiencia del protagonista. Sin embargo, Los ríos profundos no es una memoria del fracaso personal y del triunfo de la injusticia. Hasta los pongos -esos siervos que, reducidos al borde inferior de lo humano, parecían haber olvidado hasta su propia lengua- invaden, en una procesión que las autoridades habían prohibido, la ciudad de Abancay. Ernesto, a su vez, termina por vencer el cerco del internado y se imagina, libre, lejos del sitio de su enclaustramiento. Los conflictos que laceran la realidad representada no se resuelven, pero la última palabra no la tienen quienes mandan y oprimen, aunque sean tan elocuentes como el padre Linares o tan imperativos como el Viejo. Esa palabra le corresponde al testigo que en la crónica del aprendizaje da fe, con sobrecogedora e inspirada dicción, del mundo donde fue puesto a prueba.

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