Fruta maravillosa salida de la estrechez, crece entre las piedras y el frío, la hierba salvaje la protege; en medio del polvo y los caminos serpentea con su verde silueta llena de espinas, ni defensa ni ataque, sencillamente es un fino soporte que la ase al aire y la fija como una coordenada contra la sed; en mitad del camino más parece un tambo, una sombra, un puquial que hay que conquistar con la punta de los dedos que bailan ballet sobre su fruto para consumirlo sin llenarse de espinas.
Un aula campesina de la sierra está conformada por pequeñas tunas que parecen frutas mustias y agresivas. Hablan quechua, aymara o lupaca, como primera lengua, sus bromas son distintas, sus padres no mastican chicle; desde épocas aurorales chacchan hojas de coca que los mantiene firmes sobre los surcos, junto a sus bueyes y debajo de los relámpagos. Son tímidos cuando escuchan castellano, les suena raro, lo hablan despacio, como acariciando sus bordes, sujetan verbos y artículos con púas, lo sostienen con sus labios rudos e infantiles para que no se les despeñe en una pronunciación hilarante.
La lengua de los campesinos va haciendo rodar al español por un rico camino de encuentro y mestizaje, lo junta a ella para hacer un cordel de dos colores; pero sólo se reconoce uno. En la escuela, en el servicio militar y en la iglesia, es igual. El quechua apesta, el español es desaseado. El indio trabaja duro y bien, el blanco administra y generalmente lo hace mal. El indio ya no es indio como el blanco ha dejado de ser blanco; en Pozuzo, el mestizaje hizo del rubio europeo un sencillo y laborioso campesino. En Salcabamba en el corazón de Huancavelica hay blancos y rubios, hombro con hombro trabajando con los campesinos la misma melga.
Muchas veces se llega a entendimientos porque el campesino habla dos lenguas; el foráneo llega atado a una sola, como conquistador de la nada, y aún así impone precios, titula campos, levanta la voz como si el campo fuera un potrero donde coz y patada siempre son suyas. Sucede en las novelas de Arguedas, Alegría y en la actualidad. Realidad y ficción para este tipo de tramas usa el mismo soporte: justicia blanca inmoral y prepotente, contra campesino laborioso, antiguo recolector y labriego permanente. Hombres de otros tiempos se valieron de la escritura para apropiarse tierras de antepasados indios y se volvieron hacendados respetables.
La maestra que llega de la ciudad y se interna en el campo como un servicio magisterial obligatorio, no tendrá la satisfacción de cultivar esta fruta que en países de otras latitudes es desconocida: la tuna campesina, regada con soberbia y alimentada con exclusión. No entiende que los alumnos toman al salón como redil para ganado, ni sabe que la tiza tiene connotación de soga, la pizarra de distancia y sus espaldas como conclusión. Si se usa la pizarra que sea con moderación dice su actitud de rebeldía. Si se usa la pizarra que sea para dar el salto del entendimiento, dice su mutismo. La comunicación es vital. Sólo se aprende cuando se indica sin tropiezos integrando una con la otra mirada.
Si el maestro tuviera casa en el campo, los hijos de los campesinos se sentirían cebada y trigo de la misma fanegada. Hablarían con la esposa y traerían agua del río. No estarían viéndolos partir a media semana, a fin de mes, alejándose siempre, como si la porción de alegría del campesino fuera prisión para ellos. Si vienen para irse, sólo serán ellos y eso jamás integra. Puede llegar una extraordinaria maestra, los campesinos aprender de ella; pero tendrá un aire de forastera y eso la vuelve visita, arco iris o espejismo fugaz. El maestro que sepa lenguas tendrá una ventaja impresionante con sus pupilos; hará de este conocimiento una escalera para subir al siguiente piso de un edificio que aún demora en levantarse.
La tuna es el pan de los pobres, pero ahora la vemos servirse en algunas esquinas de Lima. La tuna ha bajado después del campesino de la sierra. El consumo es como el perro fiel de la especie. La tuna campesina viene de las alturas, para conversar con otras frutas y platicar que la inclusión es una palabra que se usa en documentos que a ella no le toca merecer. La tuna campesina siente la exclusión en espina propia. No se la exporta, no se convierte en mermelada ni compota, de su jugosa alma estrujada no emerge licor alguno. Curiosamente en los supermercados se halla sólo la tuna blanca, que no es tal, es tan verde como su piel de tuna verde, pero blanca para los mercados que siempre están excluyendo, nunca integrando.
En los cercos se balancea esperando que los escolares la designen reina del sabor, princesa del jugo y a su altiva espina, primer ariete que tuvo el antiguo peruano que no la usó como arma sino para coser su noble y útil vestimenta.
La tuna de colores se vende en las esquinas, no es exportable. La tuna está fuera del salón, castigada por tener espinas. La tuna es la fruta a la que teniéndola asida al espinazo andino se ofrece pródiga, húmeda, jugosa, envuelta en su natural empaque blindado en los apretados y populosos arenales de la costa.
La Educación en el Perú se ha tornado un asunto espinoso, inquietante y provocador, en sus carpetas cual mesas de un refectorio de siglos se sirve lo mismo, mal y peor por un Estado que no merece la mayúscula que acabo de colocarle para terminar esta reflexión. |